El corredor
de formula 1, encerrado en un espacio en el que apenas cabe, lucha con fuerza
por dominar su bestia mecánica. Desconectado del mundo unido únicamente por una
voz que de vez en cuando le suministra datos técnicos. Dice Munford en el mito
de la maquina que el astronauta encapsualdo en su nave retorna de nuevo al
utero materno. Es quizá el compartimiento de unj formula 1 el lugar mas
solitario del mundo?. Que intenta demostrar el hombre?. Se me antoja que el
corredor de formula 1 es el punto mas emblematico de este mito de la maquina que
vive la civilizacion.
When a ideology conveys such universal meanings and commands such obedience, it has become, in fact, a religion, and its imperatives have the dynamic force of a myth
jueves, 31 de mayo de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
Quien fue Lewis Mumford
Publicado en Portal de las Culturas
Lewis Mumford (Flushing,
Queens, ciudad de Nueva York, 19 de octubre de 1895 – 26 de enero de
1990, Amenia, estado de Nueva York). Sociólogo, historiador, filósofo de
la tecnociencia, filólogo y urbanista estadounidense. Se ocupó sobre
todo, con una visión histórica y regionalista, de la técnica, la ciudad y
el territorio. Destacan en particular sus análisis sobre utopía y
ciudad Jardín. Sin embargo, sus obras más impactantes pertenecen a un
género interdisciplinar y erudito realmente único en el siglo XX, dónde
se dan cita ciencia, tecnología, religión, psicología (psicoanálisis en
particular), arte, antropología, estética o biología entre otras. Esto
es especialmente evidente en su gran obra final, El mito de la máquina, quizás la última gran obra humanista y totalista del siglo XX.
No en vano, Lewis Mumford ha sido tildado
de “último humanista del siglo XX” y “erudito entre los eruditos”, si
bien su humanismo forma parte de una intensa crítica y renovación de un
término que él mismo consideraba caduco en el siglo XX. Curiosamente, y
pese a las admiraciones que suscitó en vida por parte de artistas,
políticos, intelectuales, poetas o psicoanalistas, hoy es un autor
bastante olvidado. Él mismo advirtió que su obra sería relegada al
olvido porque causaría humillación y malestar a todo aquél
hiperespecialista que intentara leer cualquiera de sus libros o
artículos. Tan sólo en ciertos círculos de estudiosos de la arquitectura
y el urbanismo sigue siendo obligatorio el conocimiento de este autor.
Trayectoria
Mumford pertenece a ese género de
intelectuales que nunca acabó una carrera universitaria y que, además,
siempre mostró una postura crítica con la formación oficial en
particular y con cualquier institución estatal en general. Dotado de una
vocación autodidacta realmente voraz, Mumford comenzó siendo un crítico
de arquitectura y urbanismo, escribiendo múltiples libros y artículos
sobre dicho tema a lo largo de su dilatada vida. La historia de las utopías, 1922 y Sticks and Stones,
1924, fueron sus primeras obras relevantes en dicho campo. Éstas le
concedieron fama inmediata entre toda una generación de arquitectos
europeos revolucionarios (Gropius, Mendelsohn…) a quiénes sorprendió su
juventud y su visión crítica.
No mucho después, Frank Lloyd Wright,
acaso el más influyente de los arquitectos norteamericanos de principios
del siglo XX, se pondría en contacto con Mumford, ya que éste último
había expresado en numerosas ocasiones que “sólo Frank Lloyd Wright
puede salvar a la humanidad del caos urbanístico al que se aproxima, de
un urbanismo mecánico, frígido, aséptico, inhumano”. Durante décadas,
estos dos grandes mantendrían una apasionada relación vía epistolar en
la que Mumford siempre se mantuvo distante, ofrendando a veces críticas
positivas y otras realmente destructivas. Más de una de las depresiones
de Wright fueron causadas por la dureza de Mumford, quién era visto por
Wright como una especie de padre espiritual (pese a que Mumford era
bastante más joven). Dichas cartas fueron publicadas en la obra Wright and Mumford. Thirty years of correspondence, 1999.
La ciudad en la historia, 1961,
es su obra más relevante en el campo “urbanístico”, si bien se trata de
una obra realmente extensa repartida en dos densos volúmenes donde
propone una visión de la ciudad como un organismo vivo. Dicho organismo,
con su estética, edificios, funciones, política o sociología sólo puede
ser comprendida, según Mumford, desde la óptica del filósofo
generalista. Por ello, Mumford despliega toda una serie de conocimientos
reflexivos y críticos, mezclando historia, filosofía, religión,
política, jurisprudencia, arquitectura.
Por todo ello, este proyecto resulta
revolucionario no sólo en lo que el título propone, sino en la multitud
de tesis particulares introductorias que ponen en duda teorías
económicas, históricas y antropológicas consideradas todavía hoy
canónicas. Si bien puede ser considerada su obra más influyente (mas no
la mejor), los historiadores del urbanismo sólo parecen haber tomado sus
secciones más descriptivas, mostrando que la profecía de Mumford (que
su obra sería relegada al olvido por la humillación que infringe a la
perspectiva adoptada por los superespecialistas) era verosímil.
A.E.J. Morris, notable historiador del urbanismo, realizó una obra meramente descriptiva y formalista (Historia de la forma urbana)
que, aun teniendo en cuenta la línea cronológica básica expuesta por
Mumford, olvidaba la principal lección: solo una visión holística
desentraña la parte cognoscible de la historia del urbanismo. Cabe
destacar que el estilo literario empleado por Mumford en la redacción de
esta obra resulta sumamente poético y elegante. Por ello, a veces puede
parecer, gratamente, una especie de “ensayo novelesco”.
A partir del 1934 se ocupó extensivamente
de la cultura de las máquinas. En general, el trabajo de Mumford es
abundante y exhaustivo, cubre todo tipo de información histórica, y pone
en relación las diversas civilizaciones (Asia, Egipto, precolombinas,
Occidente en sus distintas fases).
Dentro del enfoque macroestructuralista,
se ocupó de cómo determinadas invenciones tecnológicas transformaron
radicalmente la sociedad, como es el caso del reloj, que influirá en
trabajos posteriores como el de David Landes, Revolución en el tiempo, de 1987.
Técnica y Civilización (1934)
-que se tradujo pronto en Buenos Aires, en 1945, lo que facilitó la
versión del resto de su obra- es seguramente su obra más representativa.
Ahí propone quizás su noción más célebre: la “megamáquina”. Con ella
describe cómo en el antiguo Egipto, la construcción de las pirámides
supuso poner en marcha, además de habilidades constructivas, toda una
compleja burocracia organizativa del trabajo. La Segunda Guerra Mundial y
el desarrollo de la [bomba atómica]] son ejemplos de esa megamáquina en
nuestro tiempo. Mumford consideraba que esta megamáquina encierra
grandes peligros y es destructiva y escapa al control de los seres
humanos. Su visión pesimista de la tecnología se ha extendido a autores
como L. Winner.
Ideas
Mumford no abogaba por un rechazo a la
tecnología sino por la separación entre tecnologías “democráticas”, que
son aquellas que están acorde con la naturaleza humana, y tecnologías
“autoritarias”, las que son tecnologías en pugna, a veces violenta,
contra los valores humanos. Por lo que sostiene la búsqueda una
tecnología elaborada sobre los patrones de la vida humana y una economía
biotécnica.
Su punto de vista está muy relacionado
con la forma de concebir las relaciones humanas y urbanas planteada por
los anarquistas clásicos (Kropotkin, desde el pensamiento social o
Howard, desde el urbanístico, con su idea de “ciudad jardín” por
ejemplo), pero también de los urbanistas canónicos más importantes y
clásicos del siglo XX, como Le Corbusier.
Munford también colaboró en la reforma de
las new towns inglesas, afrontando la función simbólica y la expresión
artística en la vida del hombre. Se le ha relacionado culturalmente con
autores como: Patrick Geddes, Ebenezer Howard, Henry Wright, Raymond
Unwyn, Barry Parker, Patrick Abercrombie, Matthew Nowicki.
domingo, 20 de mayo de 2012
El estancamiento de la Ciencia y su inminente colapso
Por Antonio Ruiz de Elvira. Publicado en Señales de los tiempos.
La ciencia, cómo la sociedad en la que se imbrica, padece de
anquilosamiento (Grecia, hoy, es el mejor ejemplo, Arabia Saudí, Venezuela,
Cuba, Corea del Norte, los EEUU, ....). Una revisión de lo que se publica en
Physical Review Letters, en Science y Nature, o en la American
Economic Review y en el Journal of Political Economy, nos indica que
se generan un número muy
elevado de detalles, pero que los distintos paradigmas no se cuestionan.
elevado de detalles, pero que los distintos paradigmas no se cuestionan.
Esto ocurre en física, en astrofísica, en biología y en economía, y en
casi todas las demás ramas de la ciencia.
Y sin embargo, esa ciencia, académica, establecida, de dogmas inviolables, no esta produciendo resultados. En dos campos de la física, en particular, no hay avances substanciales. Se busca el bosón de Higgs, pero se lo busca dentro de un camino trillado. Si se lo encuentra, tendremos confirmación de que un modelo en el cual las resonancias se consideran partículas, es correcto. Y una vez tengamos esa confirmación ¿qué? ¿Qué nos enseñará eso sobre nuestro mundo, el mundo que interacciona con nosotros, el que nos afecta diariamente? El otro campo es el intento de recreación de la fusión solar en un laboratorio de la Tierra, pero una fusión controlada. En este campo no hay avances desde hace años, aunque el número de publicaciones (como en el caso anterior) corta el aliento por lo elevado. Pero, ¿dicen algo nuevo esas publicaciones?
En la genética, la idea del 'gen' es entretenida, pero los genes solo se pueden entender en interacciones entre ellos en número casi inimaginable. Se avanza. Se avanza. Se identifican genes. ¿Se entienden sus interacciones?
En la ciencia económica vemos cada día que ni teoría, ni modelos, ni cálculos numéricos con ordenadores gigantescos son capaces, no ya de predecir, ni mucho menos de sacarnos del pozo donde estamos, sino de al menos explicar como hemos llegado hasta aquí. La teoría y los modelos al uso indicaban que invertir en bienes inmuebles era algo perfectamente ortodoxo, aquí, en los EEUU y en China. Hoy, ortodoxamente, se manejan bajadas y subidas de tipos de interés, inflación y deflación, austeridad y crecimiento. Nada de eso explica el fracaso o es capaz de dar indicaciones sobre como recuperar una prosperidad que se nos esta yendo, ya, de las manos.
En 1872 Boltzmann propuso por primera vez una distribución discreta de las energías de interacción entre radiación y materia. Max Planck se resistió durante 15 años a aceptar esa idea, lo que podía haber hecho sin más que escuchar las notas de un piano. Se resistió como gato panza arriba a la innovación mental, y solo propuso su ley de interacción cuántica en un acto de desesperación.
Hoy la resistencia es feroz a aceptar cualquier innovación.
Sufrimos de lo que los griegos clásicos llamaban hubris: es lo que hemos sufrido durante casi 8 años de gobierno socialista, y es lo que sufrimos desde Wall Street, y arrastramos en la ciencia: La idea de que conocemos todo, de que ya hemos llegado, de que no hace falta replantearse los postulados en los que basamos nuestras vidas.
¿Por qué las soluciones que se nos ofrecen, las teorías que se nos explican, han de ser más ciertas que las que había, por ejemplo, antes de Kepler, antes de Newton, de Darwin, de Adam Smith, de Planck y de Einstein? ¿Son correctas las teorías de Samuelson, de Solow, de Friedmann, de Krugman?
La ciencia es un camino, un camino sin final, y es preciso, constantemente, replantearse las hipótesis en las que basamos nuestros pensamientos. La ciencia, que hoy se asimila al dogma, es lo opuesto a él. Debemos medir la constante de la gravedad todos los días, pues no hay garantía alguna de que su valor no haya cambiado de madrugada. Debemos medir todos los días la extensión del hielo ártico, la concentración de CO2, cada año la media de temperatura global. La ciencia es un fluido que se mueve, con estancamientos y turbulencias, siempre cambiante, siempre hacia adelante. Es lo más contrario a las vigas de los edificios, a las verdades inventadas en sueños febriles en las montañas del desierto, en las orillas del Ganges, en los bosques de Nueva York.
Es penoso leer las propuestas de los 'indignados': su falta de innovación, su carencia absoluta de creatividad produce angustia vital. Son jóvenes (algunos) con mentes viejas.
Es penoso contemplar las acciones y reacciones del 'establishment', de gurús económicos (vide Krugman, por ejemplo), de gobernantes e instituciones, lanzando una y otra vez propuestas tan lijadas que parecen recubiertas de jabón: No tienen por donde agarrarlas.
En 1861 Maxwell planteó sus ecuaciones para el campo electromagnético. Estas ecuaciones exigen que cualquier movimiento en el universo se tenga que considerar como relativo. Desde 1878 hasta 1905 Hendrik Lorenz se esforzó, una y otra vez en conseguir esa relatividad. Pero era incapaz de rechazar la existencia de un inútil éter que representaba un sistema absoluto de coordenadas. Desde 1893 hasta 1905 Henri Poincaré se enfrentó al mismo problema y naufragó en la misma roca. Decenas de publicaciones, ningún avance.
Solo mediante la innovación mental del rechazo radical de la idea del éter pudo Einstein abrir la puerta cerrada que permitió el progreso espectacular de la física en el siglo XX. El éter fue propuesto por Huygens en 1678. Hicieron falta 227 para rechazar una hipótesis que era inútil. Las inercias mentales son tremendas.
De la misma manera, Aristarco de Samos propuso alrededor del 250 antes de la Era Común la realidad de que era la Tierra la que giraba en torno al Sol. Solo se acepto esa idea en 1600, 1850 años después. Las inercias mentales son tremendas.
La inmensa revolución de la mecánica cuántica se basó en la innovación de aceptar que la interacción entre la radiación electromagnética y las cargas eléctricas en una cavidad esta cuantizada como las notas en las cuerdas de los pianos.
La gigantesca revolución que nos ha permitido vivir como personas, la innovación de eliminar de las mentes el mandato divino de los reyes (común en la sociedad humana desde la China hasta Portugal) fué un cambio del pensamiento que solo se produjo en 1762. Para las mentes humanas era necesaria una innovación mental para aceptar que los reyes son unos trabajadores como otros cualesquiera, que trabajan de reyes, (o de presidentes de gobierno) como otros trabajan de albañiles. Las inercias mentales son tremendas.
Necesitamos estimular, con todas nuestras fuerzas, la innovación en nuestros procesos mentales. Estimular las propuestas de ideas radicalmente nuevas, que podemos probar, aceptar o rechazar.
Pero es urgente, urgentísimo, que esas propuestas innovadoras se conozcan, se publiquen, se desarrollen.
Eso, o un colapso por simple agotamiento de ideas caducas.
Y sin embargo, esa ciencia, académica, establecida, de dogmas inviolables, no esta produciendo resultados. En dos campos de la física, en particular, no hay avances substanciales. Se busca el bosón de Higgs, pero se lo busca dentro de un camino trillado. Si se lo encuentra, tendremos confirmación de que un modelo en el cual las resonancias se consideran partículas, es correcto. Y una vez tengamos esa confirmación ¿qué? ¿Qué nos enseñará eso sobre nuestro mundo, el mundo que interacciona con nosotros, el que nos afecta diariamente? El otro campo es el intento de recreación de la fusión solar en un laboratorio de la Tierra, pero una fusión controlada. En este campo no hay avances desde hace años, aunque el número de publicaciones (como en el caso anterior) corta el aliento por lo elevado. Pero, ¿dicen algo nuevo esas publicaciones?
En la genética, la idea del 'gen' es entretenida, pero los genes solo se pueden entender en interacciones entre ellos en número casi inimaginable. Se avanza. Se avanza. Se identifican genes. ¿Se entienden sus interacciones?
En la ciencia económica vemos cada día que ni teoría, ni modelos, ni cálculos numéricos con ordenadores gigantescos son capaces, no ya de predecir, ni mucho menos de sacarnos del pozo donde estamos, sino de al menos explicar como hemos llegado hasta aquí. La teoría y los modelos al uso indicaban que invertir en bienes inmuebles era algo perfectamente ortodoxo, aquí, en los EEUU y en China. Hoy, ortodoxamente, se manejan bajadas y subidas de tipos de interés, inflación y deflación, austeridad y crecimiento. Nada de eso explica el fracaso o es capaz de dar indicaciones sobre como recuperar una prosperidad que se nos esta yendo, ya, de las manos.
En 1872 Boltzmann propuso por primera vez una distribución discreta de las energías de interacción entre radiación y materia. Max Planck se resistió durante 15 años a aceptar esa idea, lo que podía haber hecho sin más que escuchar las notas de un piano. Se resistió como gato panza arriba a la innovación mental, y solo propuso su ley de interacción cuántica en un acto de desesperación.
Hoy la resistencia es feroz a aceptar cualquier innovación.
Sufrimos de lo que los griegos clásicos llamaban hubris: es lo que hemos sufrido durante casi 8 años de gobierno socialista, y es lo que sufrimos desde Wall Street, y arrastramos en la ciencia: La idea de que conocemos todo, de que ya hemos llegado, de que no hace falta replantearse los postulados en los que basamos nuestras vidas.
¿Por qué las soluciones que se nos ofrecen, las teorías que se nos explican, han de ser más ciertas que las que había, por ejemplo, antes de Kepler, antes de Newton, de Darwin, de Adam Smith, de Planck y de Einstein? ¿Son correctas las teorías de Samuelson, de Solow, de Friedmann, de Krugman?
La ciencia es un camino, un camino sin final, y es preciso, constantemente, replantearse las hipótesis en las que basamos nuestros pensamientos. La ciencia, que hoy se asimila al dogma, es lo opuesto a él. Debemos medir la constante de la gravedad todos los días, pues no hay garantía alguna de que su valor no haya cambiado de madrugada. Debemos medir todos los días la extensión del hielo ártico, la concentración de CO2, cada año la media de temperatura global. La ciencia es un fluido que se mueve, con estancamientos y turbulencias, siempre cambiante, siempre hacia adelante. Es lo más contrario a las vigas de los edificios, a las verdades inventadas en sueños febriles en las montañas del desierto, en las orillas del Ganges, en los bosques de Nueva York.
Es penoso leer las propuestas de los 'indignados': su falta de innovación, su carencia absoluta de creatividad produce angustia vital. Son jóvenes (algunos) con mentes viejas.
Es penoso contemplar las acciones y reacciones del 'establishment', de gurús económicos (vide Krugman, por ejemplo), de gobernantes e instituciones, lanzando una y otra vez propuestas tan lijadas que parecen recubiertas de jabón: No tienen por donde agarrarlas.
En 1861 Maxwell planteó sus ecuaciones para el campo electromagnético. Estas ecuaciones exigen que cualquier movimiento en el universo se tenga que considerar como relativo. Desde 1878 hasta 1905 Hendrik Lorenz se esforzó, una y otra vez en conseguir esa relatividad. Pero era incapaz de rechazar la existencia de un inútil éter que representaba un sistema absoluto de coordenadas. Desde 1893 hasta 1905 Henri Poincaré se enfrentó al mismo problema y naufragó en la misma roca. Decenas de publicaciones, ningún avance.
Solo mediante la innovación mental del rechazo radical de la idea del éter pudo Einstein abrir la puerta cerrada que permitió el progreso espectacular de la física en el siglo XX. El éter fue propuesto por Huygens en 1678. Hicieron falta 227 para rechazar una hipótesis que era inútil. Las inercias mentales son tremendas.
De la misma manera, Aristarco de Samos propuso alrededor del 250 antes de la Era Común la realidad de que era la Tierra la que giraba en torno al Sol. Solo se acepto esa idea en 1600, 1850 años después. Las inercias mentales son tremendas.
La inmensa revolución de la mecánica cuántica se basó en la innovación de aceptar que la interacción entre la radiación electromagnética y las cargas eléctricas en una cavidad esta cuantizada como las notas en las cuerdas de los pianos.
La gigantesca revolución que nos ha permitido vivir como personas, la innovación de eliminar de las mentes el mandato divino de los reyes (común en la sociedad humana desde la China hasta Portugal) fué un cambio del pensamiento que solo se produjo en 1762. Para las mentes humanas era necesaria una innovación mental para aceptar que los reyes son unos trabajadores como otros cualesquiera, que trabajan de reyes, (o de presidentes de gobierno) como otros trabajan de albañiles. Las inercias mentales son tremendas.
Necesitamos estimular, con todas nuestras fuerzas, la innovación en nuestros procesos mentales. Estimular las propuestas de ideas radicalmente nuevas, que podemos probar, aceptar o rechazar.
Pero es urgente, urgentísimo, que esas propuestas innovadoras se conozcan, se publiquen, se desarrollen.
Eso, o un colapso por simple agotamiento de ideas caducas.
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