jueves, 17 de mayo de 2012

Mumford y Galileo mirando a la Luna: apuntes sobre la imagen mecánica del mundo

Por John Jimenez. Publicado en Laboratorio de ideas 

En 1969 el hombre llegó a la luna. Un periodista impertinente de Newsweek le pregunta a Lewis Mumford: ¿Qué piensa usted de este gran acontecimiento? Mumford contesta de forma breve y concisa: “Tanto dinero gastado por un puñado de rocas sin interés” (Miller 2002: 540). Se trata, a primera vista, de una respuesta ingenua y desprevenida. Pero no lo es. Dos años atrás, y como testimonio de una larga carrera académica, Mumford había publicado el primero tomo de su obra monumental: El mito de la máquina (1967). Su proyecto general era continuar con las reflexiones sobre el impacto de la tecnología en la imagen del mundo moderno. La tecnología había desplazado el lugar central de los dioses de la antigüedad y se había instalado en el centro del universo. “A resultas de esto, los maestros del gremio científico, con sus múltiples imitadores y discípulos, poseen en la actualidad una influencia y un poder mayores que los de cualquier otra casta sacerdotal del pasado” (Mumford, 2011: 120).
Ciertamente los primeros pasos del hombre sobre la luna fueron vistos, por el mundo entero, como el triunfo aplastante del progreso científico. Los seres humanos, ya lo ha señalado Jean-Yves Goffi, cuando se enfrenta a un medio hostil e inhabitable son capaces de desplegar abiertamente todos sus medios técnicos. Pero visto detenidamente, este acontecimiento esboza una imagen aterradora: el hombre depende totalmente de la máquina. ¿Qué ha sucedido para que las máquinas tengan tanta importancia en nuestro mundo? ¿Por qué en un mundo con tantas urgencias humanas se invierte tanto dinero “en un puñado de rocas sin interés”? Para llegar a este punto fue necesaria una transformación técnica que tuvo lugar en el siglo XVI y permitió trazar “una imagen del mundo despersonalizada en que las actividades y los intereses mecánicos tenían preferencia respecto a las inquietudes más propiamente humanas” (Mumford, 2011: 85). Se trata de una imagen mecánica del mundo inaugurada por las mentes más brillantes de la Modernidad. “Así, todo un conjunto de abstracciones metafísicas puso los cimientos para una civilización tecnológica en la que la máquina, en el más reciente de sus múltiples avatares, acabaría convirtiéndose en el ‘poder supremo’, un objeto de adoración y pleitesía” (Mumford, 2011: 116).
La imagen mecánica del mundo
Santo Tomás de Aquino había consagrado las obras de Aristóteles como referente de todo conocimiento verdadero durante la Edad Media. El estagirita era considerado la máxima autoridad en todos los temas y más allá de sus extensas reflexiones nada era aceptado. Se trataba de un conocimiento que apelaba a la sabiduría antigua y se negaba a reconocer los nuevos hallazgos de la ciencia naciente. “Cuando el pensamiento racional hubo alcanzado tal rigidez cadavérica, embalsamado en obras obsoletas, era obvio que había llegado el momento de enterrar estas autoridades y empezar de nuevo, para buscar nuevos hallazgos en el mismo terreno de aquellos primeros observadores, con una mirada y una mente renovadas y ambiciosas” (Mumford, 2011: 87). Galileo Galilei será la figura central de esta transformación. Sus aportes, junto a las descripciones sistemáticas del mundo físico que hicieron Copérnico, Kepler, Descartes, Leibniz y Newton, serán la clave de la nueva imagen del mundo.
Galileo personifica las dos características principales de la ciencia naciente: saber empírico y conocimiento teórico. Por una parte, era un observador atento y por lo tanto poseía un enorme saber que tenía su fuente en la experiencia. Por otra parte, tenía una gran capacidad para formalizar sus observaciones, formulaba teorías y abstraía fácilmente. Esta es, sin duda, la parte más conocida de la historia. Sin embargo, más allá de su talento como científico, la obra de Galileo deja sentadas las bases de una nueva cosmovisión que prosperó durante más de trescientos años y que aún prospera. Se trata de la imagen mecanicista del mundo.
Mumford señala que esta imagen inaugurada por Galileo parte de dos falacias: la primera, es pensar que el universo “real” está constituido, exclusivamente, por una estructura matemática. La segunda, es considerar que el único atributo valioso de los seres humanos es la capacidad de entender esa estructura matemática.
Galileo sintetiza esta idea en su conocida obra El mensajero:
“La filosofía está escrita en este
grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (me refiero al universo), pero no puede entenderse si antes no se aprende a comprender la lengua y conocer los caracteres en que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible entender humanamente una palabra. Sin ellas, damos vueltas en un oscuro laberinto” (Mumford, 2011: 88).
En aquella época la mecánica, que incluía a la astronomía, era la única ciencia conocida. El éxito de esta disciplina lleva a Galileo a pensar que el modelo matemático, de gran pertinencia en las formulaciones mecánicas, podía extenderse a la interpretación del universo entero. Mathesis universalis. Ciertamente el error es no distinguir entre el conocimiento exacto y el conocimiento suficiente. El conocimiento exacto intenta medir y cuantificar los cuerpos físicos, les asigna una cifra y mide sus movimientos en un pequeño intervalo de tiempo. En alguna medida este procedimiento es válido cuando se trata de materia “muerta”. Sin embargo cuando se observa la complejidad del mundo “viviente” el conocimiento exacto es insuficiente. Para dar cuenta de la riqueza del mundo hacen falta algo más que círculos y triángulos y otras figuras geométricas. Kant tampoco lo entendió y afirmó que la única ciencia genuina (richting) es aquella que contiene matemáticas. “¿Cuál habría sido la categoría científica de El origen de las especies de Darwin (1859), que no contiene ni unas sola fórmula matemática y presenta un único diagrama filogenético (que no es una figura geométrica) si Kant hubiese tenido razón?”(Mayr, 2006: 31).
Con Galileo se consolida la idea de un nivel de realidad único que es igual en todas las épocas y para todas las especies vivas. Se trata de una construcción hipotética pura construida a partir de deducciones de una cantidad limitada de datos. Las investigaciones recientes en etología demuestran lo contrario. Jakob von Uexkull ha señalado que cada especie tiene un entorno (Umwelt) significativo distinto que está en correspondencia con su dotación orgánica. El murciélago y el delfín ven el mundo de modo distinto. En los seres humanos la percepción del mundo es de una alta complejidad: tiene como base los datos que provienen de los sentidos y se modifica constantemente con las ideas culturales, es decir, con el lenguaje, el arte, las técnicas, las leyes, las instituciones, la historia.
Considerar al mundo como una estructura matemática abstracta conduce a pensar que la cualidad humana más destacada es la mente científica capaz de entender esa estructura. Galileo se apropia de las reflexiones de Kepler:
“Así como el oído está hecho para percibir el sonido y
el ojo para percibir el color, del mismo modo está formada la mente para comprender no los tipos de cosas sino las cantidades. Percibe cualquier cosa con mucha más claridad cuanto más se expresa en cantidades puras, pero cuanto más se aleja de las cantidades, más llena de errores y oscuridad estará” (Mumford, 2011: 88).
La anatomía que defiende Galileo se construye sobre un desmembramiento del cuerpo. Galileo cree “que si desaparecieran los oídos, las lenguas y las narices, permanecerían las formas y los números, mas no los olores, los sabores o los sonidos” (Mumford, 2011: 103). Los sentidos pasan a un segundo plano y se considera que la función especializada de la mente es la reflexión matemática. Otras fuentes del conocimiento quedaban clausuradas. En consecuencia el hombre y sus experiencias subjetivas son expulsadas de la nueva cosmovisión, en su lugar solo queda la inteligencia estéril y sus creaciones: los teoremas y las máquinas. Hoy las investigaciones en el terreno de la neurociencias demuestran que la capacidad más asombrosa del cerebro no tiene nada que ver con la exactitud matemática. A diferencia de un computador el cerebro puede majar datos confusos,vagos e imprecisos, sin colapsar.
La actitud científica de Galileo contrasta con su vida personal. Mientras el científico solamente valoraba el mundo cuantificable y habitaba en un espacio abstracto, el Galileo de carne y hueso se deleitaba con la sensualidad del mundo barroco. “Él mismo fue un amante apasionado y un progenitor prolífico; y aceptó que el erotismo, el placer estético y la poesía fueran relegados al exilio de su mundo solo mientras sus intereses técnicos y científicos fueran prioritarios” (Mumford, 2011: 94). Galileo encarnaba tanto la figura del hombre de letras como la imagen del científico entregado, paradójicamente la separación que estableció entre un mundo objetivo y otro subjetivo dejó para la posteridad una brecha insalvable: el abismo que se tiende entre el artista y el hombre de ciencia.

El delito de Galileo
La Iglesia Católica Romana condenó a Galileo por un delito que él jamás cometió. “Para Galileo y sus seguidores la ciencia no era una alternativa a la religión, sino parte indispensable de ella” (Mayr, 2006: 31). Ciertamente su personalidad era conservadora y su respeto por la teología tradicional era fundamental. Estaba muy lejos de la herejía. Ni siquiera en el terreno de la ciencia pretendió desencadenar una revolución. ¿Cuál es, entonces, el verdadero delito de Galileo? “Galileo cometió un delito mucho más grave que cualquiera de aquellos de los que pudiera acusarle los dignatarios de la Iglesia; pues su verdadera culpa fue la de canjear la totalidad de la experiencia humana (…) por esa diminuta porción que puede observarse en un intervalo de tiempo limitado” (Mumford, 2011: 95). Este es el error: establecer una separación entre una esfera objetiva, que podía entenderse de forma clara y distinta; y una esfera subjetiva, que era oscura y confusa. Se trata de un poderoso dualismo.
En esta nueva cosmovisión para entender qué es el hombre será necesario reducir toda su complejidad a una metáfora mecánica. Ya en el siglo XX Buckminster Fuller describe perfectamente esta idea nacida en el siglo XVI:
“-¿Qué es eso, mamá?
- Es un hombre, mi amor.
-¿Qué es un hombre?
-¿Un hombre? Un bípedo de 28 articulaciones de base adaptable, una planta de reducción electroquímica integral con capacidad de almacenaje separado de extractos especiales de energía en baterías de almacenamiento para consiguiente activación de miles de bombas hidráulicas y neumáticas con movimiento incorporado; 93.000 kilómetros de capilares sanguíneos, millones de sistemas de alarma, ferrocarril y cinta transportadora; grúas y compactadoras (…) y un sistema de teléfono distribuido universalmente que no requiere mantenimiento durante setenta años si se utiliza correctamente; el conjunto constituye un mecanismo extraordinariamente complejo guiado con exquisita precisión desde una torreta en que se emplaza unas cámaras telemétricas con visión telescópica y microscópica capaces de automonitorizarse y registrarse, un espectroscopio, etcétera” (Fuller, 2003: 65).
Muy lejos está la descripción que hace del hombre Crollius en su célebre Tractatus de signaturis. “Su carne es gleba; sus huesos, rocas; sus venas, grandes ríos; su vejiga, el mar y sus siete miembros principales, los siete metales que se ocultan en el fondo de las minas. El cuerpo del hombre es siempre la mitad posible del atlas universal” (Foucault, 1968: 31). Ni qué decir de la definición que da Platón: “El hombre es un bípedo implume”.
Si bien Mumford señala las falacias del pensamiento de Galileo, también le reconoce sus logros y da razón de su grandeza. La Edad Media consagró dos fuentes de conocimiento: por una parte, para acercarse a las verdades eternas bastaba con acudir a la sabiduría del libro sagrado; por otra parte, el conocimiento surgía de las acaloradas discusiones retóricas de los grandes maestros. Se trata del éxito de la Biblia y de la pirotecnia discursiva. Galileo introduce una nueva forma de conocimiento: el método científico. El método permitía corregir los razonamientos errados y vencía los prejuicios personales. Su principal herramienta eran el experimento riguroso y la observación atenta. Gracias a este procedimiento, que podía ser replicado en cualquier momento, todos los “espíritus abiertos” podían llegar a conclusiones comunes. “Los grandes frutos morales del nuevo método científico no fueron el razonamiento estricto sino la racionalidad; no la intuición brillante, sino la humildad de aceptar la cooperación o los descubrimientos adversos de otras mentes que estuvieran trabajando con la misma disciplina” (Mumford, 2011: 100). La nueva filosofía científica también contribuyó a superar las controversias estériles que habían dejado la Reforma y la Contrarreforma.
“Lo más útil de esta actitud hacia el ‘mundo externo’ era que se refería constantemente a experiencia comunes en las que, hasta cierto punto, podía participar cualquiera; y dio al hombre confianza en su capacidad de comprender el funcionamiento de la naturaleza. Su mente ya no se contentaba con mapas imaginarios, historias descabelladas, delirios ambiciosos o explicaciones de décima mano, tal como se hacía en la Edad Media, y que entonces solo rechazaban los más despiertos” (Mumford, 2011: 109).
El pragmatismo del nuevo método científico también permitió un avance acelerado de las investigaciones y los buenos resultados crecieron exponencialmente. Prescindir de la complejidad del mundo vivo y concentrarse en la simplicidad del mundo físico permitió “ahorrarse muchísimo trabajo”. Aislar a un objeto de su contexto permitía comprenderlo más fácilmente puesto que las relaciones que este establecía con el medio circundante podían oscurecer el entendimiento.
Conclusión: la absolución de Galileo
La imagen del mundo trazada por Galileo tuvo un éxito abrumador. El método de la nueva ciencia y sus correspondientes ideas metafísicas, que incluían la separación entre las cualidades primarias y secundarias, las descripciones matemáticas como fuente de verdad, acudir a una característica específica de la mente humana para explicar una fracción del entorno; se han extendido a todos los terrenos del saber. “Como resultado final de esta doctrina mecanicista, la máquina se vio erigida a un estatus superior al de cualquier organismo o, en el mejor de los casos, se admitía a regañadientes que los organismos superiores son las máquinas más complejas” (Mumford, 2011: 116). Ahora bien, esta descripción es incompleta si no se acepta los aportes valiosos de la nueva ciencia: ofrecer un lenguaje común, en una época de profundos dogmatismos, fue su gran acierto. Al momento de investigar no importaban los credos particulares pues el juicio debía ceder ante el peso de las observaciones experimentales. También es meritoria la idea de orden que fue introducida en una sociedad que tiende al caos y a la desintegración.
Galileo, ciertamente, nunca supuso que la separación que establecida entre lo objetivo y lo subjetivo terminaría reduciendo la riqueza del mundo humano a una fracción de datos matemáticos. Nunca sospechó que la nueva imagen del mundo terminaría expulsando las preocupaciones más propias de la humanidad y dejaría el terreno libre para el triunfo apoteósico de la tecnología.
“Dictemos, pues, una agradecida absolución post mortem para Galileo: no sabía lo que hacía, y quizás no podía imaginar las consecuencias (…) debió asumir que la cultura que había formado su propia vida y su espíritu seguiría existiendo dentro de un orden más hermoso, enriquecido –no desvitalizado, ni empobrecido, ni reducido- por esta nueva forma de mirar el mundo” (Mumford, 2011: 122).
Volvamos, finalmente, a la luna. Durante miles de años, ese cuerpo brillante que se ve en el cielo oscuro, fue considerado un astro perfecto de superficie lisa y pulida. Así lo creyó Aristóteles y el mundo medieval. Muchos siglos después, en el otoño de 1609, Galileo elevó su telescopio hacia el cielo y observó sorprendido una textura lunar, rugosa y desigual, llena de enormes prominencias y abismos profundos. ¿Qué había cambiado? Ya no era suficiente el testimonio de los grandes sabios, ni las creencias míticas. Era necesaria la comprobación empírica: “¡Lo he visto con mis propios ojos!” Exclamaba Roger Bacon. La expedición norteamericana de 1969 comprueba de forma viva las observaciones de 1609. Los primeros pasos del hombre sobre la luna son el resultado de ese mundo mecánico esbozado por Galileo. Más sorprendente aún: es el retrato de un hombre dependiente de la máquina. Mumford, situado en este escenario, mira hacia el cielo con desconfianza: ¿Por qué tanta fascinación por “un punado de rocas sin interés”? La lección es clara: hay que reorientar el rumbo de la civilización y darle su justo lugar a la máquina. La tecnología debe estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de ella. Para llevar a cabo esta transformación es necesario hundir las raíces de la humanidad en los valores más fundamentales. “Mientras algunos radicales esperaban que el cambio de valores ocurriera después de la revolución, para Mumford el cambio de valores era la revolución” (Miller, 2002: 166).
Anexo
La técnica y la tecnología han sido temas recurrentes en las reflexiones filosóficas a lo largo de la historia, sin embargo la reflexión sistemática sobre estos temas es un fenómeno reciente.
Se pueden distinguir, en términos generales, dos corrientes: una filosofía de la tecnología ingenieril y una filosofía de la tecnología de las humanidades. La primera intenta explicar el fenómeno tecnológico haciendo uso de conceptos científicos y de la jerga propia del mundo tecnológico. Se trata de “un análisis de la naturaleza de la tecnología en sí misma -sus conceptos, sus procedimientos metodológicos, sus estructuras cognoscitivas y sus manifestaciones objetivas-”. (Mitcham, 1989: 82). Sus principales representantes son Ernst Kapp, creador de la expresión “filosofía de la tecnología”; P. K. Engelmeier, fundador de la Asociación Mundial de Ingenieros y principal promotor de los movimientos tecnocráticos de 1920; y Friedrich Dessauer, quién intenta describir “La técnica en su propia esfera”. Todos ellos comparten, en términos generales, una visión positiva de la tecnología y celebran la aplicación de soluciones tecnológicas a los problemas sociales.
La segunda corriente, más cercana a las ciencias humanas, propone analizar el fenómeno tecnológico con conceptos externos. Busca “penetrar en el significado de la tecnología, sus vínculos con lo humano y extrahumano: arte, literatura, ética, política y religión. Tal búsqueda es para reforzar el conocimiento de lo no-tecnológico” (Mitcham, 1989: 82). Los autores más representativos de esta corriente, buscan situar el significado de la tecnología dentro de una contexto más amplio. Destacan las obras del filósofo español José Ortega y Gasset que en su obra “Meditación de la técnica” establece una antropología filosófica para entender el fenómeno tecnológico; Martin Heidegger, quien ha señalado que “la técnica no es lo mismo que la esencia de la técnica” (Heidegger, 2001: 9); Jacques Ellul que ha elaborado una tesis sobre el determinismo tecnológico. La obra de Mumford se incluye en esta categoría.
Bibliografía
FOUCAULT, Michel.
(1968) Las palabras y las cosas. Buenos Aires: Siglo XXI.
FULLER, Buckminster.
(2003) El Capitán Etéreo y otros escritos. Madrid: Editorial Colegio Oficial de Arquitectos.
HEIDEGGER, Martin.
(2001) “La pregunta por la técnica” en Conferencias y artículos. Barcelona: Ediciones del Serbal.
MAYR, Ernst.
(2006) Por qué es única la biología. Buenos Aires: Editorial Kats.
MILLER, Donald.
(2002) Lewis Mumford: a life. New York: Grove Press Edition.
MITCHAM, Carl
(1989) ¿Qué es la filosofía de la tecnología? Barcelona: Anthropos Editorial.
MUMFORD, Lewis.
(2011) El pentágono del poder. Logroño: Pepitas de Calabaza Editorial.

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